—Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda ver—dijo Defarge al calabocero.

Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros.

—¡Alto...! ¡Mira, Santiago!

—A. M.—rugió Santiago Tercero con expresión anhelante.

—Alejandro Manette—susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su índice sobre las iniciales.—Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela!

Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la mesa.

—¡Alza la luz!—gritó con furia al calabocero.—¡Y tú, Santiago, toma mi cuchillo,—añadió, arrojándoselo—rasga ese jergón, y busca entre la paja...! ¡Arriba la luz!

Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge, mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.

—¿No has encontrado nada, Santiago?—preguntó al cabo del rato.

—Nada.