—Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende fuego, carcelero!
El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más, que antes.
Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador al Hôtel de Ville para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada?
Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.
—Ahí tenéis a mi marido—dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.
Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos, ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto, puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le cortó la cabeza.
Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría por la escalinata que precede a las puertas del Hôtel de Ville la del gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de horrible mutilación.
—¡Bajad aquel farol!—rugió San Antonio, después de volver en derredor sus ojos sanguinolentos.—¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es un soldado de nuestros enemigos!
Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el populacho se alejaba rugiendo.
Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la piedad sin dejar la huella más insignificante.