Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles de bocas:

—¡Es nuestro...! ¡Al farol!

Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios, mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin, una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de paja.

No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón!

Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que luego comían en sus hogares respectivos.

Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban.

Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:

—Al fin llegó, querida.

—Sí... casi—replicó la señora.

Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon.