—¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!
—¡Virgen Santa!—exclamaban otras.—¡Escúchame, hijo mío, desde el otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío, muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma, juro dejaros vengados en la persona de Foulon!
—¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos!
Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas. Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas bajo los miles de patas de las fieras.
No se perdió un momento. Foulon estaba en el Hôtel de Ville donde acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar.
Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila, a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La Venganza y Santiago Tercero.
—¡Miradle!—grita la tabernera, señalándole con la punta del cuchillo.—¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!
La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma.
Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala, en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que rugía fuera.
El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.