—No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales. Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero al Hôtel de Ville. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...! ¿Nos temía con razón?

La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo.

Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un rumor como de pies que se movían.

—¡Patriotas!—gritó Defarge con voz resuelta.—¿Estamos listos?

Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres.

Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre, asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer, salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como fieras enloquecidas y obrando como tales.

—¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana!

—¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre!

—¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija!

Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los cabellos, vociferaban: