—¿No he de mencionar nombre alguno?
—No.
Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la calle Fleet.
—Haga presente mi cariño a las dos Lucías—dijo Lorry en el momento de partir la silla de posta.—Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso.
Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote largo de los caballos.
Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor, a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su viaje.
Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre, tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó, diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente de su casa un baúl con la ropa necesaria.
Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y emprendió el viaje a Dover.
Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad, dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía.