Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte guardia.

—¿Dónde están los documentos del prisionero?—preguntó con tono autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela.

Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente, ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo.

—¿Dónde están los documentos de este prisionero?—repitió el mismo sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras.

El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que despertó su atención, que concentró en Darnay.

Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que, al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes, para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos. Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban, mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades ni sexos.

Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y partieron sin entrar en la ciudad.

El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era el encargado de los registros.

—Ciudadano Defarge—dijo el personaje que había introducido a Darnay, mientras tomaba una hoja de papel—¿es éste el emigrado Evrémonde?

—Este es.