Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa aureola sangrienta.

Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún, lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía.

Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo.

—El emigrado Evrémonde—dijo Defarge, haciendo la presentación del preso.

—¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la procesión?—exclamó el de la cara de fiera.

Tomó Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos patriotas.

—¡Rayos y truenos!—gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.—¡Esto es un río que corre siempre!

La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder:

—Hay que tener paciencia, amigo mío.

Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres calaboceros, diciendo a coro: