—Veremos... Según sea. Puedes hacerla.
—En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar libremente con el mundo exterior?
—Tú mismo lo verás.
—¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin concederme medios de justificarme y defenderme?
—Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores.
—Pero no por causa mía, ciudadano Defarge.
La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay de ablandar a aquel hombre.
—Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo en su conocimiento?
—No haré en tu obsequio nada absolutamente—replicó Defarge.—Me debo a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada esperes de mí.
Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante, cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más. Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron, juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento tan absoluto, que nada había oído.