—Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San Antonio. Es posible que me conozcas de referencia.
—Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí!
Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos, pues dijo con brusca impaciencia:
—¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada Guillotina, por qué demonios has venido a Francia?
—No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje. ¿Es que crees que no dije verdad?
—Verdad que no puede ser más fatal para ti—replicó Defarge, fruncido el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza.
—Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado, tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor?
—En absoluto ninguno—respondió Defarge, con la mirada como perdida en el espacio.
—¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola?