Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el funcionario:
—Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas.
—Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente, cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus ojos—replicó Darnay.—No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho?
—Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde—fué la estólida contestación del funcionario.
Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo:
—Secreto.
Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su derecha e izquierda.
Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge preguntó al prisionero en voz baja:
—¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe?
—Sí—respondió Darnay, mirándole con sorpresa.