Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida; pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a negocios, Lorry era rígido, inflexible.

Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las empresas que allí se fraguaban y maduraban.

Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía. Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una calle aislada rodeada de edificios deshabitados.

Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo, que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías Lapa y volvió a engolfarse en sus ocupaciones.

Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera. Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada penetrante, se le dirigía por su nombre.

—A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted?

Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad.

—¿Me conoce usted?—repitió.

—He visto a usted en alguna parte.

—¿En mi tienda de vinos, quizás?