Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que rebosaba impasibilidad, hielo.
—Mi querida Lucía—dijo Lorry, tratando de explicar la presencia de las mujeres,—son muy frecuentes las conmociones en las calles, y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo, ciudadano Defarge—terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de consuelo,—que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto?
Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido.
—Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita Pross—repuso Lorry.—Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora inglesa, que desconoce por completo el francés.
La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.
—¡Hola, descarada!—dijo en inglés.—Me alegro de verla buena.
También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una ni la otra tuvieron por conveniente contestar.
—¿Es ésa la niña?—preguntó la señora Defarge, suspendiendo por primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media cual si fuera el dedo de la Fatalidad.
—Sí, señora—contestó Lorry.—Esa es la hija adorada y única de nuestro pobre prisionero.
La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho. La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.