—No hace falta más—dijo la tabernera.—Los hemos visto ya. Vámonos.
Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía, tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo:
—¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño? ¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende?
—No es tu marido el que aquí me ha traído—replicó la señora Defarge, mirando a Lucía con calma espantosa.—Lo único que me interesa es la hija de tu padre.
—Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos inspiran ustedes que toda la ciudad junta!
La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la mirada de su mujer.
—¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?—preguntó la tabernera con sonrisa sarcástica.—¿No habla sobre influencia?
—Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le rodean—contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho, pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no sobre el papel.
—En ese caso, él le salvará—observó la tabernera;—no tenemos por qué mezclarnos nosotros.
—Como esposa y como madre—exclamó Lucía con expresión de ansiedad inmensa,—imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor. ¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una madre la que se lo ruega!