—El fenómeno es muy curioso—pensaba Lorry;—pero muy natural y muy noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos.

Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra; trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando cerradas las compuertas de los cielos?

Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo. Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura, que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve.

Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado, de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que descansaba el orden social establecido, principios que parecían de uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo, descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina.

El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en la Guillotina y ante ella se postraban.

Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba las puertas del mismo Templo de Dios.

Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía. Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que se movía entre los mortales.

V.
EL ASERRADOR

Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados. Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina!