Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor, sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días de prueba, como en los de calma y felicidad.

No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma, infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma.

Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro, constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre, buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con decisión:

—Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle, hija mía.

No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a casa, la dijo su padre:

—Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más insignificante de reconocimiento.

—¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días.

A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día.

El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por otra paralela.

Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el aserrador.