—Buenas tardes, ciudadana.

—Buenas tardes, ciudadano.

Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.

—¿Paseando por aquí, ciudadana?

—Ya lo estás viendo, ciudadano.

El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa.

—No es asunto mío—dijo,—y continuó aserrando.

Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía, pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja.

—¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana?

—Sí, ciudadano.