—No, padre mío, no puedo—contestó Lucía llorando.

Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge.

—Salud, ciudadana—dijo el doctor.

—Salud, ciudadano—contestó la tabernera, continuando la marcha sin detenerse.

—Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría, aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana comparecerá Carlos ante sus jueces.

—¡Mañana!

—No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto, pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh?

A duras penas pudo balbucear la infeliz.

—Confío en ti.

—Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito ver a Lorry...