—Hasta la última gota, Santiago—contestó Defarge.
No bien hicieron los interlocutores el intercambio de sus nombres de pila, la señora Defarge tosió otro poquito y arqueó de nuevo las cejas.
—Pocas veces—observó el segundo de los parroquianos del mostrador—tienen esos bestias miserables ocasión de conocer a qué sabe el vino, ni nada que no sea el pan negro y la muerte: ¿no es verdad, Santiago?
—Verdad es, Santiago—respondió el tabernero.
Al segundo intercambio de los nombres de pila sucedió otra tosecita acompañada del enarcamiento de cejas de la señora Defarge.
—¡Ah!—exclamó el tercero de los bebedores, apurando el último sorbo y dejando el vaso sobre el mostrador.—¡Hiel tienen siempre en sus bocas esos borregos, y viven vida de perros! ¿digo bien, Santiago?
—Dices bien, Santiago—fué la contestación del tabernero.
Hecho el tercer intercambio de nombres de pila, la señora Defarge dejó el mondadientes e hizo un movimiento insignificante.
—¡Es verdad...! ¡Entretenlos!—murmuró muy por lo bajo su marido.—Señores... tengo el gusto de presentarles a mi mujer.
Los tres parroquianos se descubrieron y saludaron con sendas inclinaciones de cabeza a la tabernera, la cual, a su vez, recibió sus homenajes doblando ligeramente la suya y mirándolos sucesivamente. A continuación, tendió como por casualidad sus miradas en derredor, recogió la calceta con gran calma, y comenzó a trabajar.