—Señores—repuso el tabernero, que había observado con mirada escrutadora a su mujer,—la cámara que ustedes manifestaron deseos de ver cuando yo salí a la calle, está en el quinto piso. Arranca la escalera del patio de la izquierda, junto a la ventana del... Pero ahora recuerdo que uno de ustedes ha estado ya en ella, y puede guiar a los demás. ¡Adiós, señores!
Pagaron los bebedores el consumo hecho, y se retiraron. Los ojos del tabernero parecían estudiar a su mujer y la calceta que estaba haciendo, cuando el caballero de edad avanzada se levantó manifestando deseos de hablar algunas palabras con Defarge.
—Con mucho gusto, caballero—respondió éste, saliendo con el anciano hasta la puerta del establecimiento.
Breve fué la conferencia, pero de efectos tan rápidos como decisivos. No se habían cruzado cuatro palabras, cuando Defarge hizo un movimiento de sorpresa, y antes que transcurriera un minuto, hacía una seña al anciano y salía presuroso a la calle. El caballero llamó con un movimiento de cabeza a la señorita, y ambos salieron en pos del tabernero, dejando a la señora Defarge embebida en la tarea de hacer calceta.
El señor Mauricio Lorry y la Señorita Manette, que ellos eran los visitantes de la taberna, según habrán adivinado, a no dudar, los lectores, encontraron al tabernero junto a la puerta que momentos antes había indicado el último a los tres parroquianos con los cuales le hemos visto cambiar algunas palabras. En la sombría entrada que daba acceso a la escalera, no menos sombría, el tabernero hincó una rodilla en tierra y llevó a sus labios la mano de la hija de su antiguo señor. Fué un homenaje, un testimonio de sumisión, bien que ejecutado con ademán que nada tenía de dulce. Unos segundos habían bastado para transformar radicalmente a Defarge; ya no reflejaba buen humor su rostro, ya no era su cara espejo de franqueza: antes al contrario, en su expresión de reserva, en su actitud airada, en la cólera que chispeaba en sus ojos, fácil era leer al hombre peligroso.
—Está muy alto... la escalera es pesada... creo que hará usted bien subiendo con más calma—dijo el tabernero con dura entonación al señor Lorry, en el momento de empezar a subir la escalera.
—¿Está solo?—preguntó Lorry.
—¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién quiere usted que le acompañe?
—¿Siempre solo?
—Siempre.