—¿Porque así lo desea él?

—Porque así lo exigen las circunstancias. Tal como estaba cuando le vi el día que vinieron a preguntarme si quería tenerle en mi casa y ser discreto corriendo el peligro consiguiente... tal como estaba entonces, está ahora.

—¿Muy cambiado?

—¡Cambiado!...

El tabernero descargó un puñetazo contra la pared y lanzó una maldición horrenda. No hubiera producido la mitad de los efectos que produjo aquella explosión de furia cualquier respuesta clara y precisa. La melancolía del señor Lorry iba en aumento a medida que avanzaba en el ascenso de la empinada escalera.

Penoso, muy penoso, sería hoy subir la escalera de una casa de las más viejas sita en uno de los barrios más poblados de París; pero en el tiempo a que esta historia se refiere, resultaba punto menos que imposible para los que no tuvieran atrofiados los sentidos a fuerza de costumbre. Todos los vecinos de aquellas inmensas colmenas dejaban las basuras e inmundicias en los rellanos de la escalera general, donde quedaban hacinados sin que nadie cuidara de retirarlos, engendrando así una masa de descomposición bastante para envenenar el aire, si ya no estuviera saturado de las impurezas intangibles que son resultado natural de la miseria y de las privaciones. Combinadas las dos fuentes de corrupción, respirábase allí una atmósfera insoportable. El señor Lorry, cediendo a las molestias que le producía subir por aquel pozo obscuro, sucio y envenenado, no menos que a la agitación que observaba en su joven compañera, agitación que se multiplicaba por momentos, hizo alto dos veces para descansar. Cada uno de aquellos descansos pareció llevarse las últimas reservas de aire no corrompido, rellenando el espacio que aquéllas dejaban libre con mefíticas emanaciones que brotaban de todas partes.

Llegaron al fin a lo alto de la escalera, donde se detuvieron por tercera vez. Todavía habrían de subir un tramo, más empinado que los anteriores, y de dimensiones sumamente reducidas, antes de llegar al sotabanco. El tabernero, que caminaba delante y procuraba mantenerse constantemente a distancia respetable de la señorita, cual si temiera que ésta le dirigiera alguna pregunta, llegado frente a la puerta del sotabanco metió la diestra en el bolsillo, y sacó una llave.

—¡Ah!—exclamó Lorry, sin poder disimular su sorpresa.—¿Está cerrada la puerta con llave?

—Sí—contestó con sequedad Defarge.