—¿Considera usted necesario tener en una reclusión tan extremada a ese infortunado caballero?

—Considero necesario tener la puerta cerrada con llave—murmuró el interpelado bajando mucho la voz y frunciendo horriblemente las cejas.

—¿Por qué?

—¡Por qué! ¡Porque ha tantos años que vive cerrado con llave, que se asustaría, se horrorizaría, se lanzaría de cabeza contra las paredes, moriría... yo no sé los extremos que haría... si se le dejase con la puerta abierta!

—¡Será posible!

—¿Posible? ¡Sería infalible, sí!—replicó con entonación amarga Defarge.—¡A fe que no podemos quejarnos de los atractivos que nos ofrece un mundo en que son posibles estas y otras atrocidades, de la hermosura de un cielo que contempla impasible los horrores que usted está viendo...! ¡El demonio nos gobierna!... ¡Viva el infierno! ¡Entremos, señor, entremos!

Tan en voz baja había sido sostenido el diálogo que queda copiado, que ni una palabra llegó a oídos de la niña. Era, empero, tan intensa la emoción que la dominaba, su rostro reflejaba tal expresión de espanto y tan viva ansiedad, que el señor Lorry creyó necesario dirigirle algunas palabras encaminadas a levantar su deprimido ánimo.

—¡Valor, mi querida señorita!—dijo.—¡Valor! Estamos persiguiendo un negocio, cuya fase dolorosa pasará en un momento. En cuanto franqueemos esta puerta, habremos vencido lo peor. Dentro de breves segundos podrá el desdichado comenzar a saborear todo el bien, todo el consuelo, toda la dicha que usted va a proporcionarle. Nuestro buen amigo Defarge nos ayudará... ¡Al negocio, al negocio!

Al doblar un recodo muy pronunciado encontraron a tres hombres, que estaban mirando por el ojo de la llave y por las rendijas de la puerta que nuestros visitantes iban a abrir. Los hombres en cuestión resultaron ser los mismos que momentos antes bebían de pie junto al mostrador.

—La sorpresa que su visita me produjo ha hecho que los olvidara—dijo Defarge a guisa de explicación.—Tengan la bondad de dejarnos, amigos.