Los tres hombres desaparecieron silenciosamente.
—¿Ha hecho usted del señor Manette objeto de exhibición?—preguntó Lorry en voz muy baja y con expresión colérica.
—Lo exhibo, conforme acaba usted de ver, a muy reducido círculo de personas escogidas.
—¿Y cree usted que eso está bien?
—Sí, señor: creo que está bien.
—¿Y esos escogidos, quiénes son? ¿Cómo los escoge usted?
—Escojo a los que son hombres verdaderos... y se llaman como yo: Santiago; hombres que conviene que lo vean... Pero usted es inglés, y es inútil que le dé explicaciones que no ha de entender. Tenga la bondad de esperar un momento.
Por medio de un gesto recomendó a sus acompañantes que permanecieran inmóviles, y pegó la cara a una grieta que presentaba la pared. Momentos después alzó la cabeza, dió sobre la puerta dos o tres golpes, sin más objeto, a no dudar, que el de hacer ruido, pasó la llave por ella una porción de veces, con idéntica intención, la puso al fin en la cerradura, y abrió haciendo todo el ruido posible.
Lenta y silenciosamente se abrió la puerta de fuera a dentro, empujada por la mano del tabernero. Este adelantó la cabeza y dijo algo. Una voz sumamente débil contestó. El tabernero volvió la cara e indicó a sus acompañantes que le siguieran. Lorry rodeó con su brazo la cintura de la niña, próxima a caer desfallecida.
—¡Ne... gocio... hija mía... nego... o... cio!—exclamó Lorry, vueltos hacia la niña los ojos, de los cuales brotaba algo que no suele ser producto de los negocios.—¡Entre usted... entre!