—¡Tengo miedo!—respondió la joven.

—¿Miedo a qué?

—¡A él... a mi padre!

Viéndose en situación crítica, a consecuencia del estado de espíritu de la joven, por una parte, y por otra de las señas que su guía hacía para que entrasen, Lorry levantó entre sus brazos a la primera y franqueó la puerta.

Defarge quitó la llave, cerró la puerta por dentro, con llave, por supuesto, y, terminadas esas operaciones lenta y metódicamente, y sobre todo, haciendo todo el ruido que pudo, echó a andar con paso mesurado en dirección a la ventana. Junto a ésta se detuvo y dió media vuelta.

El sotabanco, construído para ser depósito de leña, apenas si recibía la visita de una luz muy escasa, pues la ventana, sumamente estrecha, y casi cerrada para evitar el frío, dificultaba tanto el paso a la luz, que era imposible ver absolutamente nada. Y sin embargo alguien trabajaba en aquella lóbrega estancia, pues junto a la ventana a la que daba frente, y vueltas las espaldas a la puerta, había un hombre de cabellos blancos como la nieve, sentado en una banqueta muy baja y entregado con ardor a la tarea de coser zapatos.

VI.
EL ZAPATERO

—Buenos días—dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca del zapatero.

—Buenos días.

—Siempre tan trabajador, ¿eh?