Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alzó la cabeza y contestó:
—Sí... estoy trabajando.
La languidez de aquella voz hacía daño al oído. No era esa languidez que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad física, no, aunque es indudable que alguna parte tenían en ella la alimentación insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el terrible cautiverio: su característica especial y típica la recibía del hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de uso de la voz. Era algo así como el eco de un sonido que nació largos años antes y a considerable distancia: una voz que había perdido la vida, el timbre de voz humana, una voz que producía en los sentidos la impresión misma que produciría la vista de un color hermosísimo y delicado trocado por la mano de los siglos en mancha débil de colorido indefinible, una voz que reflejaba con elocuencia tan vívida la desesperación de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del árido desierto que estuviera recorriendo, reconocería en su timbre la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento.
Al cabo de algunos minutos que el anciano pasó trabajando silencioso, ajeno a cuanto le rodeaba, volvió a levantar los ojos. En ellos no se advertía ni un átomo de interés, ni un átomo de curiosidad: reflejaban sencillamente esa percepción mecánica, esa conciencia inconsciente de que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona continúa ocupado.
—Quisiera dejar penetrar un poquito más de luz—dijo Defarge, cuyos ojos no se habían separado un instante de la persona del zapatero.—¿Podrá usted sufrirla?
Suspendió su obra el interrogado; paseó sus miradas por el suelo, a derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alzó hacia el que acababa de interrogarle, preguntando al fin:
—¿Qué decía usted?
—Preguntaba si podrá tolerar un poquito más de luz.
—Tendré que tolerarla, si usted la deja entrar.
Defarge abrió un poco más la ventana. Los rayos de luz que penetraron en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tenía sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o colocados sobre la banqueta, se veían varios útiles del oficio. Era aquél un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados, aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba abierta por el pecho dejaba ver una carne flácida y blanca como el papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubría la parte superior de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servían de envoltorio a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de vestir, habían adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del aire y de la luz, un tono de pergamino que hacía sumamente difícil poder precisar la materia empleada en su manufactura.