Había puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz, y todos los huesos de aquélla se transparentaban. Jamás miraba a la persona que le dirigía la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hábito de asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se acordaba de lo que acababan de preguntarle, ni de lo mismo que estaba él diciendo.
—¿Piensa terminar hoy ese par de zapatos?—preguntó Defarge, haciendo una seña a Lorry para que se acercase.
—¿Qué dice usted?
—¿Piensa terminar hoy esos zapatos?
—No puedo decir si lo pienso o no. Creo que sí; pero no lo sé.
La pregunta le recordó la tarea, y a ella se consagró de nuevo.
Aproximóse silencioso el señor Lorry, dejando a la niña junto a la puerta. Uno o dos minutos haría que se encontraba junto a Defarge, cuando el zapatero alzó la cabeza. No manifestó la menor sorpresa al ver a dos personas en vez de una.
—Tiene usted una visita—observó Defarge.
—¿Qué dice usted?
—Que ha venido este señor a visitar a usted.