El zapatero alzó de nuevo los ojos, pero no dejó de trabajar.

—Este caballero—repuso Defarge—entiende mucho en zapatos. Enséñele usted el que está haciendo para que aprecie su trabajo. Tómelo usted, señor.

Lorry tomó en su mano el zapato.

—Diga usted a este señor qué clase de zapato es, y el nombre del operario que lo hace.

Medió una pausa más larga que las de ordinario antes que respondiera el zapatero.

—He olvidado la pregunta—dijo al fin.—¿Qué decía usted?

—Dije que tuviera usted la bondad de decir a este señor qué clase de zapato es éste.

—Es un zapato de señora... zapato de paseo, propio para señorita. Es de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda.

—¿Y el nombre del zapatero?—preguntó Defarge.

El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de la izquierda, invirtió el orden, colocando los nudillos de ésta en la palma de la primera, a continuación se pasó las dos por la barba y después por la frente. La obra de arrancarle de la abstracción en que quedaba sumido siempre a raíz de haber hablado no cedía en importancia y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que se espera obtener alguna revelación.