—¿Preguntó usted mi nombre?

—En efecto, eso pregunté.

—Ciento Cinco, Torre del Norte.

—¿Nada más?

—Ciento Cinco, Torre del Norte.

Exhalando algo que no fué ni suspiro ni gemido, volvió a la tarea, que no suspendió hasta que el señor Lorry, mirándole con fijeza, le preguntó:

—Su profesión de usted no ha sido la de zapatero, ¿verdad?

El interrogado volvió sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara que éste contestara por él la pregunta, pero como no le llegara por aquella parte el auxilio, los llevó hacia el que le interrogaba, no sin clavarlos antes en el suelo:

—¿Que no ha sido mi profesión la de zapatero? No: no lo ha sido. Aprendí... aprendí el oficio... allí. Me lo enseñé yo mismo. Pedí que me dejaran...