Perdió, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vagó errante su mirada de una parte a otra hasta que volvió a encontrar a la persona con quien hablaba, y continuó, con el tono del que, en el momento de despertar, reanuda una conversación que el sueño interrumpió:
—Pedí que me dejaran aprender por mí mismo, y aprendí a fuerza de tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa más que zapatos.
En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el zapato, preguntóle este último:
—Señor Manette, ¿no me recuerda usted?
El zapato cayó al suelo y el zapatero quedó inmóvil, clavados sus ojos en la cara de quien le preguntaba.
—Señor Manette—repitió Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de Defarge.—¿No se acuerda usted de este hombre? ¡Mírele bien! ¡Míreme también a mí! ¿No se alzan en su cerebro las figuras del que fué su banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado antiguo?
Mientras el infeliz recién salido de la tumba, donde por espacio de tantos años le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora en el señor Lorry, ora en Defarge, su frente reveló que allá en las profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia reñían ruda batalla con la noche profunda que, reinando como señora única, paralizaba toda su actividad. La cerrazón se acentuó poco dispuesta a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por apagarse; pero habían brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez despierta, no está extinguido del todo, puede brillar otra vez. Así ocurrió en efecto. Cuando momentos después repararon sus miradas en la cara juvenil de la niña que, arrastrándose a lo largo de la pared se había acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba, primero con mezcla de compasión infinita y de terror, y más tarde con anhelos vivísimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brotó de nuevo, pero más potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fué a prender en la del anciano.
Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueñas del campo. El viejo miró a las personas que tenía delante con menos atención que antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombría abstracción que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro, recogía el zapato y reanudaba su tarea.
—¿Le ha reconocido usted, caballero?—susurró Defarge al oído de Lorry.