—Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más!

La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor.

Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda. Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y allí se detuvieron.

Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le oyó murmurar:

—¿Qué es esto?

La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó, y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos tuviera la cabeza querida del anciano.

—¿Eres la hija del calabocero?—preguntó éste.

—No—suspiró ella.

—¿Quién eres, pues?

Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó contemplando a aquélla.