Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron, pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar su labor.
Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla, abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó con detenimiento.
—¡Es el mismo!—murmuró.—¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo sucedió?
Su frente se iluminó más que nunca. Vuelto hacia la niña, tomó entre sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda contemplación, dijo:
—Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis que lo conserve?—les pregunté.—No han de facilitar la fuga de mi cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo como si acabara de pronunciarlas.
Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con acuerdo perfecto, bien que muy lentamente.
—No lo entiendo...—añadió.—¿Eras tú?
Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta, perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja:
—Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no hablen, que no se muevan.
—¡Chist!—exclamó el anciano.—¿Quién habla?