Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con expresión de dolor sombrío su cabeza.

—¡No, no, no!—repuso.—¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven, demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No, no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas, ángel hermoso?

La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos delante del pecho.

—¡Oh, señor!—exclamó.—¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo, quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!

Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.

—Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años, otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por él!

La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño.

—¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura, soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío!

El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con las manos.

Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad, y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.