—Si fuera posible—dijo la niña, alargando una mano a Lorry—disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que desde esta misma casa...

—Hay que tener presente una cosa importante—contestó Lorry interrumpiendo a la joven.—¿Está en disposición de emprender el viaje?

—Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido.

—Nada más cierto—terció Defarge, que se había arrodillado para ver y oir mejor.—Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia. ¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?

—El negocio es ése—observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para volver a su tema favorito—y cuando hay que terminar un negocio, cuanto más pronto se ultime, mejor.

—En ese caso—dijo la señorita Manette,—tengan la bondad de dejarnos aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es llevárnoslo cuanto antes.

No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso, fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada uno por su lado.

Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge, portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con la cooperación de Lorry levantó al cautivo.

Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas, que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces. La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia ésta la cabeza cuantas veces le hablaba.

Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla.