Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor.

—¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta escalera?—preguntó la niña.

—¿Qué dices?

Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si aquella le hubiese sido formulada de nuevo.

—¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!

Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza.

No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió.

Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.

Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando.

Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban de guardia.