—¡Los pasaportes, viajeros!
—Aquí están, señor oficial—contestó Defarge desde el pescante, pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al oficial.—Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona, en...
Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo que le dijo.
Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.
—Está bien. Adelante.
Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas.
—¿Supongo que te interesará vivir?
La respuesta era también la de siempre.
—No puedo decirlo.