—¡Hermano... hermano mío!—exclamó la señorita Pross, hecha un mar de lágrimas—¿Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta tan cruel?

—¡Pues métete en el bolsillo esa lengua endiablada!—gruñó Salomón.—Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y vámonos... ¿Quién es ese hombre?

—Es el señor Lapa—contestó con desaliento la señorita Pross.

—Pues que salga también... ¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese individuo por un aparecido?

La pregunta estaba muy en su lugar, pues Lapa le miraba en realidad como se mira a un espectro. No despegó, sin embargo, los labios, y la señorita Pross, derramando lágrimas, pagó el vino. Mientras tanto, Salomón se dirigió a los discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad y les dió, en lengua francesa, algunas explicaciones que bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos.

—Veamos—dijo Salomón, una vez llegó a un rincón obscuro de la calle—¿Qué es lo qué quieres de mí?

—¡Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor muestra de afecto a la hermana que siempre fué con él tierna y cariñosa!

—¡Bah! ¡Tonterías!—exclamó Salomón, rozando con sus labios la frente de la señorita Pross—¿Estás contenta ahora?

La señorita Pross movió la cabeza y rompió a llorar de nuevo.

—Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engañas de medio a medio; no me ha sorprendido encontrarte. Sabía que estabas en París, pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en París viven sin que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia... tentado estoy de creer que esa es tu intención... sigue tu camino lo más pronto posible, y deja que yo siga el mío. Tengo muchas ocupaciones... Soy funcionario público.