Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la familia, la señorita Pross dejaba a sus espaldas una porción de callejuelas estrechas y atravesaba el río por el Puente-Nuevo, repasando en su imaginación el número de compras que tenía que hacer. A su lado caminaba Lapa, portador de la cesta. Uno y otro, aunque al parecer no tenían ojos más que para examinar las tiendas abiertas a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los que hablaban con animación excesiva. Era una tarde fría y húmeda. Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubría el río indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas en talleres por los que fabricaban armas para el ejército de la República. ¡Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejército! ¡Desgraciado del que ocupase en aquel ejército un grado que no mereciera! Valiérale más que nunca le hubiese crecido la barba, pues la Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendición.
Luego que compró una porción de artículos de comer, y una cantidad de aceite para la lámpara, la señorita Pross pensó en adquirir el vino que le hacía falta. Desdeñó una porción de tabernas y al fin mereció su preferencia una, puesta bajo la advocación del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional, antes de las Tullerías, establecimiento más tranquilo que ninguno de sus similares encontrados hasta allí, en el cual es cierto que se veían bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros. Consultado Lapa, y visto que era de su misma opinión, la señorita Pross penetró en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad, acompañada por su caballero.
Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa en boca jugaban con barajas mugrientas o con dominós amarillentos, en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la camisa y con el pecho desnudo leía a gritos un periódico a un grupo de tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban las mesas o pendían de las cinturas de los bebedores, ni en los tres o cuatro parroquianos que dormían sus monas, tendidos de bruces en el suelo, y que, más que hombres, tenían aspecto de osos o de mastines yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo que necesitaban.
Mientras el tabernero medía el vino, un sujeto, que con otro hablaba en un rincón del establecimiento, se levantó y echó a andar. Para salir a la calle tenía que pasar forzosamente junto a la señorita Pross, lo que nada tiene de particular, pero sí lo tuvo el que, no bien tropezó con ella, rasgó los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo de la señorita.
Cuantas personas había en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan justificado como defender una opinión cualquiera, que todos miraron para ver quién era el mortal que caía sin vida en tierra, pero con asombro general, lo único que vieron fué a una pareja, hombre y mujer, que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre parecía francés, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa.
Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad, sonaron en los oídos de la señorita Pross y de su acompañante como si en hebreo o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consintió su sorpresa. Hablamos en plural porque, si la señorita Pross quedó sorprendida, Jeremías Lapa estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe violento de su estupefacción.
—¿Qué hay?—preguntó el hombre que fué causa del chillido de la señorita Pross.
Las dos palabras habían sido pronunciadas en inglés, con acento brusco y amenazador y tono de voz muy bajo.
—¡Oh Salomón... Salomón querido!—exclamó la señorita Pross, juntando las manos.—¡Al fin te encuentro, después de tantos años de ausencia, después de tantos años pasados sin noticias tuyas!
—No me llames Salomón. ¿Buscas mi muerte, desgraciada?—preguntó aquel hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto.