—Ciudadano doctor—replicó el primero,—no preguntes más. Si la República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa.

—Una palabra más—objetó el doctor.—¿Quieres decirme quién le ha denunciado?

—Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio.

Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo:

—¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber; pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y además, otra persona.

—¿Quién es esta otra persona?

—¿Lo preguntas , ciudadano doctor?

—Sí.

—Lo sabrás mañana—contestó el de San Antonio con entonación extraña.—¡Ahora, soy mudo!

VIII.
UNA PARTIDA ORIGINAL