El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea, encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:
—Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí?
—Sí; te conozco, ciudadano doctor.
—Todos te conocemos, ciudadano doctor—añadieron los tres restantes.
Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y después de una pausa, repuso, bajando la voz:
—¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se le prende de nuevo?
—Ciudadano doctor,—contestó con repugnancia manifiesta el que habló primero,—ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que pertenece este ciudadano—añadió, señalando con la mano al individuo que estaba a su lado.
El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:
—Ha sido acusado por San Antonio.
—¿De qué?