—¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...! ¡Sálvalo!
—¡Hija querida!—contestó el doctor levantándose y poniendo su mano sobre el hombro de Lucía.—Le he salvado ya. No comprendo tu debilidad... Voy a abrir la puerta.
Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la familia.
—¿El ciudadano Evrémonde?—preguntó el que entró primero.
—¿Quién le busca?—preguntó Darnay.
—Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.
Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su hijita, que se había abrazado a él.
—¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero?
—Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal.