Lapa, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con voz estentórea.

—Celebro que sea usted un inglés castizo, señor Lapa,—dijo la señorita Pross con tono de aprobación,—aunque hubiese sido de desear que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir para siempre de esta maldita ciudad?

—No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para Carlos.

—¡Qué se le va a hacer!—exclamó la señorita Pross, conteniendo un suspiro y mirando a Lucía.—Tendremos paciencia y esperaremos... Animo, y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi hermano Salomón. Vámonos ya, señor Lapa... No se mueva, señorita.

Salieron la Pross y Lapa, dejando a Lucía, al marido de ésta, al doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea. Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había prestado al hada un servicio.

—¿Qué es eso?—exclamó de pronto Lucía.

—¡Querida mía!—contestó el doctor, suspendiendo la narración de la historia—Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario. La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me tienes a mí... a tu padre, hija mía.

—He creído oir rumor de pasos en la escalera—balbuceó Lucía.

—¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba.

Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la puerta.