—No se romperán mucho los cascos para encontrar sus brindis—observó Jeremías.—Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico.

—¿Y quién es ese único?

—Vaya usted a saber. Como no se refieran a Noé... el que plantó la primera viña...

—¡Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quién brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado.

—¡Cuidado, amiga mía!—terció Lucía—¡Prudencia, por favor, mucha prudencia!

—¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos. Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor?

—Me parece que puede usted tomarse esa libertad—respondió el doctor con tono humorístico.

—Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla—exclamó la Pross.

—Por Dios, querida; ¿otra vez?—dijo Lucía.

—Vaya, señorita—replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire solemne;—si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política; quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Dios tengo puesta mi confianza, y viva el Rey.»