No era un sueño como tantas otras veces; allí estaba Carlos, y sin embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso.
Respirábase una atmósfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran llevados al matadero los inocentes que tenían la desgracia de inspirar cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Lucía, caían a los golpes que el yerno del doctor Manette había conseguido eludir, que el corazón de su afligida esposa no conseguía verse libre del peso horrible que lo oprimía. Las sombras del crepúsculo vespertino de invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando por las calles las fatídicas carretas de la muerte. Con la imaginación las seguía Lucía, los ojos del alma buscaban a su marido entre los condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba contra él y temblaba más que nunca.
Su padre, esforzándose por tranquilizarla, riéndose de sus temores daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los días cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos pasados de los que ni rastros quedaban. Había acabado felizmente la empresa que con ánimo varonil acometiera, había redimido su promesa, Carlos estaba en libertad, ¿por qué temer? Fuerzas le sobraban al doctor para servir de robusto sostén a todos los que sintieran decaer las suyas.
El menaje de su casa no podía ser más modesto; no sólo porque la prudencia así lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo, sino también porque no eran ricos, pues Carlos, durante el período dilatado de su cautiverio, había tenido que pagar a precio exorbitante la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para sufragar los gastos de los prisioneros más pobres que él. Debido en parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser espiados dentro del mismo hogar, no tenían criados. El ciudadano y la ciudadana encargados del servicio de la portería prestaban a la familia los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigían, aparte de Jeremías, que les había sido cedido casi por completo por el buen Lorry, y estaba durante el día a su disposición y dormía en la casa por las noches.
Había dispuesto la República Una e Indivisible de la Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las casas y a una altura determinada, hubiese un cartelón, en el cual estuvieran inscriptos, con letras de tamaño también determinado, los nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los nombres inscriptos en el cartelón puesto en la puerta del domicilio del doctor, figuraba el de Jeremías Lapa, y en la ocasión a que se refiere esta historia, no sólo el nombre, sino también el propietario del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al pintor llamado por el doctor Manette para que añadiera al cartelón el nombre de Carlos Evrémonde, llamado también Darnay.
La atmósfera de terror y de desconfianza en que se vivía había alterado profundamente hasta los hábitos más inocentes y más inofensivos de la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las demás, los artículos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas las tardes por cantidades pequeñas y en distintas tiendas pequeñas. Era la manera de no llamar la atención y de suministrar la menor ocasión posible a las murmuraciones y a la envidia.
Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la señorita Pross y Jeremías Lapa; este último llevaba la cesta, la primera el dinero. Todas las tardes, cuando se encendían los faroles del alumbrado público, salían ambos y traían a la casa los artículos de consumo necesario para el día siguiente. Aunque la señorita Pross, dados los muchos años que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que debía hablar el francés con tanta corrección y soltura como el inglés, sabía exactamente lo mismo que Jeremías Lapa, quien no conocía ni una palabra, y es que, o carecía de talento, o no quería aplicarlo a tonterías (tal era el nombre que ella le daba) como aquélla. Como consecuencia, su sistema comercial consistía en disparar un nombre substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el nombre no cuadraba con el artículo que necesitaba, como ocurría casi siempre, tendía en derredor sus miradas, agarraba el artículo, y no lo soltaba hasta después de cerrado el trato. En cuanto al precio, se entendía sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el que fuera el número de los que aquél levantase.
—Señor Lapa—dijo la señorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la felicidad,—yo estoy dispuesta; ¿y usted?
Jeremías contestó que estaba a las órdenes de la señorita Pross.
—Hoy nos hace falta de todo,—observó la señorita Pross,—y entre otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando como condenados.