Mientras Darnay sostenía a Lucía apoyándola contra su pecho, doblada la cabeza a fin de que el populacho no viera las lágrimas que copiosas corrían por sus mejillas, algunos de los que le habían llevado en triunfo comenzaron a bailar, contagiáronse los demás, y segundos después se improvisaba en el patio de la casa una desenfrenada Carmañola. Más tarde instalaron sobre el sillón vacante a una joven, a la que proclamaron Diosa de la Libertad, llevándola en hombros por las calles adyacentes, entre gritos ensordecedores y cantos discordantes.

Carlos, después de estrechar entre sus brazos al doctor, cuya cara ofrecía aires de vencedor, después de abrazar al señor Lorry, que jadeante y sin aliento consiguió llegar hasta él nadando contra el inmenso oleaje que bailaba la Carmañola, después de besar a Lucita, a la que alzó del suelo para que pudiera rodear con sus bracitos su cuello, después de abrazar a la fiel Pross, alzó entre sus brazos a Lucía y la condujo a sus habitaciones.

—¡Lucía... mi Lucía... Libre... Libre!...

—¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme que hincada de rodillas dé gracias a Dios con el mismo fervor con que le pedí por ti!

Cayó de hinojos Lucía. Todos los presentes doblaron reverentes las cabezas y rezaron desde el fondo de sus corazones. Cuando, terminada la oración, Lucía volvió a sus brazos, dijo Carlos.

—¡Da ahora las gracias a tu padre, mujercita mía! ¡Ningún hombre de Francia habría podido hacer por mí tanto como él ha hecho!

Reclinó Lucía la cabeza sobre el pecho de su padre, de la misma manera que la había reclinado largos años antes. El doctor se consideró feliz al poder pagar de alguna manera las muestras de cariño abnegado de su hija, dió por bien empleados todos sus sufrimientos y sintió noble orgullo al pensar en sus fuerzas.

—Sé fuerte en la bonanza como lo fuiste en la tormenta, hija mía. No tiembles... No llores. Le he salvado yo.

VII.
VISITA INESPERADA