Buen cuidado había tenido el doctor de que la carta de referencia estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontró sin esfuerzo, y la leyó en voz alta. Seguidamente fué llamado Gabelle para que confirmara las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta, lo que hizo aquél con gran precisión y acento de verdad. Insinuó el ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal, falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la República que exigían toda su atención, habíale dejado en la cárcel de la Abadía hasta tres días antes, olvido insignificante y muy natural; y que, cuando compareció ante el Tribunal, fué declarado inocente y puesto en libertad, por haber disipado a satisfacción de sus jueces las acusaciones que sobre él pesaban.
Fué interrogado a continuación el doctor Manette. Su gran popularidad personal y la claridad y precisión de sus respuestas ejercieron en el auditorio sensación indescriptible; pero cuando demostró que el acusado fué el que con mayor eficacia contribuyó a libertarle de su eterno cautiverio, cuando manifestó que el acusado permaneció en Inglaterra rodeando de tierna solicitud y de cariño abnegado, no ya sólo a su hija, sino también a él mismo, cariño y solicitud que les hicieron dulce el destierro, cuando añadió que lejos de ser partidario y defensor del gobierno aristócrata del país en que vivía fué procesado y estuvo a punto de ser condenado a muerte como enemigo de Inglaterra y amigo de los Estados Unidos. Luego que hizo una exposición clara y elocuente de todas estas circunstancias, Tribunal y auditorio se identificaron. Tanto es así, que cuando invocó el testimonio del señor Lorry, caballero inglés allí presente, testigo, como él, del proceso seguido en Inglaterra contra Darnay, y dispuesto a corroborar todas sus manifestaciones, contestaron los jueces que les bastaba lo que habían oído, y que con gusto votarían, si el Presidente tenía a bien recibir los votos.
A medida que los jueces votaban (hacíanlo individualmente y en voz alta), el auditorio prorrumpía en aplausos frenéticos. Por unanimidad declararon inocente al prisionero, y como consecuencia el Presidente le declaró libre.
Siguió entonces una de esas escenas extraordinarias que ponen de relieve la volubilidad del populacho, o los impulsos hacia la generosidad y la piedad, dormidos en el fondo de su alma, o bien lo que a juicio suyo es a manera de demostración de que no se deja arrastrar por la fuerza explosiva de una rabia cruel. Imposible precisar cuál de estos tres motivos influyó por modo decisivo en las escenas extraordinarias que siguieron; probablemente influirían los tres, bien que predominando el segundo. El hecho es que, no bien fué pronunciado el fallo absolutorio, brotaron las lágrimas en tanta abundancia como en otras ocasiones brotaba la sangre, y fueron tantos y tan apretados los abrazos que el prisionero recibió de todos, sin distinción de sexos, que corrió verdadero peligro de que su dilatado cautiverio tuviera como desenlace una asfixia en toda regla; siendo de notar que aquellos abrazos se los daban las mismas personas que, impulsadas por otra corriente distinta, se habrían lanzado sobre él con idéntica intensidad, para destrozarle entre sus uñas y arrastrar sus restos palpitantes por las calles.
Gracias a que hubo de salir de la sala para ceder el puesto a otros acusados que esperaban sentencia, pudo librarse por el momento de aquel torrente deshecho de caricias.
Comparecieron a continuación cinco acusados juntos, sobre los cuales pesaba la inculpación de enemigos de la República, no porque hubiesen trabajado en su contra, sino porque nada habían hecho, ni de palabra ni de obra, en su favor. Tal prisa se dió el Tribunal para compensar a la nación por la libertad concedida a un acusado, que no había salido éste de la sala cuando ya pesaba sobre los cinco infelices sentencia de muerte, que debía ejecutarse a las veinticuatro horas. El primero de los condenados manifestó a Darnay la suerte que le esperaba alzando un dedo, símbolo de muerte entre los encarcelados, y sus compañeros gritaron a coro con acento sarcástico:
—¡Viva la República!
Cierto que no dispuso Darnay de más tiempo para escuchar las explicaciones que pudieran o desearan darle los condenados, pues no bien salió a la calle en compañía del doctor Manette, se vió rodeado de compacta muchedumbre, en la que vió casi todas las caras que antes viera en la sala, excepción hecha de dos, que en vano buscó con la mirada. Nuevamente le envolvió el furioso torbellino que antes estuvo a punto de asfixiarle, para besarle, abrazarle, llorar, gritar y entregarse a otras expansiones más propias de locos que de personas cuerdas.
Sentáronle a viva fuerza en un gran sillón que, o habían sacado de la sala del Tribunal, o tomado de cualquiera de las casas próximas. Engalanaron el sillón con una bandera roja y una lanza en cuyo hierro se veía un gorro colorado atravesado. Todas las súplicas del doctor no bastaron a impedir que fuera conducido en triunfo a su casa, sentado en aquel sillón que, llevado en hombros, semejaba trono emplazado sobre agitado mar de gorros rojos.
Adelantándose a aquella procesión salvaje, que abrazaba a cuantos topaba en el camino, el doctor llegó a su casa a fin de preparar convenientemente a su hija. Esto no obstante, cuando Carlos pudo bajar de su improvisado trono y abrió los brazos a su amante esposa, ésta cayó en ellos desvanecida.