—Lucía Manette, hija única del doctor Manette, del excelente médico aquí presente.

Esta contestación produjo en el auditorio un efecto imposible de pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo delirante que arrancó el solo nombre del doctor Manette. Tan caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se llenaron de lágrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les fuera entregado para despedazarlo.

Carlos Darnay, en sus manifestaciones, había seguido al pie de la letra las instrucciones del doctor.

—¿Por qué regresó el acusado a Francia cuando lo hizo, y no antes?—preguntó el Presidente.

—No regresé antes—contestó Carlos—sencillamente porque en Francia no poseía otros medios de vida que los bienes que había renunciado, al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia dando lecciones de francés y de literatura francesa. Si regresé cuando lo hice, fué cediendo a una súplica escrita de un ciudadano francés, quien me manifestó que mi ausencia comprometía muy seriamente su vida. Regresé para salvar la vida al ciudadano en cuestión, y para declarar la verdad sin reparar en peligros ni molestias. ¿Qué crimen ven en esto los ojos de la República?

El populacho gritó ebrio de entusiasmo:

—¡Ninguno... ninguno!

Agitó el Presidente la campanilla, mas no logró imponer silencio hasta que el auditorio se cansó de gritar.

—¿Cómo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se refiere?—preguntó el Presidente.

—Teófilo Gabelle, aquí presente. Comprueba mis manifestaciones la carta a que he aludido, la cual, si bien me fué quitada en la Barrera, no dudo que figurará entre los documentos que el Presidente tiene sobre la mesa.