—Sí; pero juraría que era un apellido de dos sílabas.
—¡De veras!
—De veras. Pross no tiene más que una sílaba; el otro tenía dos... En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre de usted, ¿quiere decirme cómo se llamaba cuando ejercía el honroso ejercicio de soplón del Old Bailey?
—¡Barsad!—contestó otra voz, terciando en la conversación.
El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton. Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita, habíase puesto junto a Lapa, afectando la misma negligencia con que solía asistir a las vistas del Old Bailey.
—No se alarme usted, señorita Pross—repuso.—Ayer tarde me presenté en el domicilio del señor Lorry, con no poca sorpresa de este señor, que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no me dejaría ver en parte alguna hasta después que el asunto estuviera resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera necesaria mi presencia. Ateniéndome a lo pactado, me he personado aquí, porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano. Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del verdugo.
Era éste el nombre con que solían designarse los espías.
—¿Cómo se atreve usted—preguntó el espía, pálido como un difunto—a decirme...?
—Me explicaré, para que vea usted que no hablo a tontas y a locas—contestó Carton.—Me hallaba yo hace media hora contemplando los muros de la Conserjería, cuando vi salir a usted por sus puertas. Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se despintan. Me sorprendió ver a usted en aquel lugar, y como por otra parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las desgracias de un amigo, en este instante más desgraciado que nunca, se me ocurrió la idea de seguirle. Pisándole los talones entré tras de usted en la taberna y me senté a su lado. De la conversación de usted, y de los rumores de admiración que arrancó a sus oyentes, no me fué difícil inferir cuál es el oficio de usted. Lo que en un principio había yo hecho al azar, fué convirtiéndose gradualmente en objetivo determinado, señor Barsad.
—¿Y ese objetivo?...—preguntó el espía.