—Sería molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. ¿Tiene usted la bondad de favorecerme con su compañía durante algunos minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo?
—¿Bajo amenaza?
—¡Bah! ¿He hablado de amenazas?
—Entonces, ¿a santo de qué voy a ir allí?
—Con franqueza, señor Barsad; no puedo decirlo.
—¿No puede, o no quiere, señor?—preguntó con cierta indecisión el espía.
—Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero.
Fué auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirtió desde el primer momento, y dicho está que sacó de ello todo el partido posible.
—¡Acuérdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!—exclamó Barsad, dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvención.—Obra tuya será, si me ocurre una desgracia.
—¡Vamos, vamos, señor Barsad!—dijo Carton—No sea usted ingrato. Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me conduzco haciéndole una proposición que ha de dejarnos satisfechos a todos. ¿Me acompaña al Banco?