—Sí; le acompaño. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme.

—Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, señorita Pross. Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir sola y sin protección, y como quiera que el hombre que la acompaña a usted conoce al señor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir con nosotros al domicilio del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? ¿Sí? Pues en marcha.

Más tarde recordó la señorita Pross, y no lo olvidó en su vida, que al aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una súplica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observó en la fortaleza del brazo y en la expresión de los ojos de aquel algo que no sólo estaba reñido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino también transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llamó la atención, fué porque la preocupaban demasiado los temores que la inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para hacer observaciones.

Después de despedirse de la señorita Pross en las inmediaciones de la casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremías Lapa, dirigióse hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante.

Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre, volvió la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo evitar un gesto de extrañeza al ver una cara desconocida.

—Le presento al hermano de la señorita Pross—dijo Carton,—el señor Barsad.

—¿Barsad?—repitió Lorry.—¿Barsad? Me parece recordar ese apellido... y el rostro de quien lo lleva.

—¿No dije antes a usted que tiene una cara de las que difícilmente se despintan, señor Barsad?—preguntó con frialdad Carton.—Hágame el favor de sentarse.

Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministró a Lorry el eslabón que éste andaba buscando para enlazar la cadena de sus recuerdos.

—Testigo de aquella causa—dijo sencillamente Carton.