Fué lo bastante para que Lorry recordara, y también para que mirase a Barsad con repugnancia visible.

—La señorita Pross ha reconocido en el señor Barsad al hermano cariñoso de quien tantas veces la ha oído usted hablar—observó Carton.—No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo.

—¡Qué me dice usted!—exclamó Lorry, profundamente consternado.—No hace dos horas que le dejé en su casa libre y contento, y ahora mismo me disponía a ir a verle.

—Pues está preso. ¿Cuándo le prendieron, Barsad?

—En todo caso, habrá sido hace un momento.

—Barsad es en este asunto fuente de información segura—observó Carton.—De sus labios escuché la noticia cuando se la contaba, entre copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, soplón como él. Parece que acompañó a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del doctor, alejándose al ver que el portero les franqueaba el paso. La duda, pues, es imposible.

Lorry comprendió que la desgracia era cierta. En su cerebro sintió el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se dió cuenta de lo muchísimo que le convenía no perder la presencia de espíritu y, a costa de esfuerzos titánicos, se dominó, recobró la serenidad, y permaneció callado y atento.

—Es de esperar... esa confianza abrigo—repuso Carton—que el nombre del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces mañana... ¿No dijo usted, Barsad, que ha de comparecer mañana ante el Tribunal?

—Sí; creo que la comparecencia será mañana.

—... Tan eficaces mañana, y tan decisivas, como hoy; pero no es imposible que ocurra lo contrario. Confesaré, señor Lorry, que me inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir la prisión.